II



Este amor de ladridos descarnados
y perros en silencio que amanece
con el latido de la alondra crece
en nuestros corazones enlazados.
Mis arterias se abren como prados
que el otoño con ímpetu envejece
para servir de pastos y que empiece
la vida con sus ríos desatados:
árboles de caricias, vastas nubes
sobre la pierna y cumbres acabadas
en un racimo de cerezas rojas.
¿Será cierta la risa con que subes
líquida por las ramas encrespadas
para ser el rocío de mis hojas?




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