III



¡Ciclón fugaz, diluvios corporales!
La tormenta de carne nos subyuga
con su vasto placer siempre a la fuga
como una nimia flor. Los vendavales
en viento y lluvia funden, colosales,
sus brazos destinados a la arruga
del relieve y la piel, besos de oruga
los que el tiempo nos marca en los costales.
El rocío, de un soplo lento y leve,
domina su temblor para que rueden
sus perlas por la hoja, aunque jamás
retornen el camino. El cuerpo debe
aprovechar la piel hasta que queden
lágrimas y suspiros, nada más.




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